Cuando ellas eran MUCHACHAS

Revista Muchacha
2 min readJun 17, 2024

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Por Lirians Gordillo Piña

¡So, mula! Tienen que tener cuidado porque el trillo se pone pantanoso más adelante, alerta Déborah.

Ella se conoce cada resquicio del camino, creo que hasta las plantas, los animales y las alimañas que hacen suya la noche la saludan al paso. Va callada, como pensando en las próximas horas, días, meses.

Solo «Clodo» habla en susurros. A esa hora el monte es como un gran megáfono y su risa contagiosa podría escucharse a leguas de distancia. Pero esta noche toda la inmensidad de la Sierra nos cubre, y debo reconocerlo, la paz de Déborah es como la firma de un pacto protector entre esta tierra y sus hijas rebeldes.

Tenemos que bajar de la mula, esa pendiente es peligrosa y no podemos perder la carga ¡por ningún motivo! — nos ordena de pronto. Ella es la líder, aunque tenga poco más de veinte años; aquí la edad no importa, solo lo que hay por hacer.

La casa de la arrocera es una lucecita que crece a cada paso. Nos reciben con todo y máquina de coser. Déborah no descansa, ya está cosiendo las cargadoras, ese enorme delantal que cubre nuestras sayas plisadas.

¿Cómo me veo? Este será el último grito de la moda. ¡Vamos a prenderle fuego a Santiago de Cuba! — jaranea Clodo mientras se pone la saya sobre el gran delantal que lleva escondidas las municiones.

¡Ahora somos unas flaquitas con 40 libras de más! — digo yo, mientras sujeto a mi cintura el pesado fardo.

¡Vamos, que el carro para Santiago ya llegó! — dice ella, Déborah. Y nos vamos.

*Texto publicado en el año 2015 en la revista Muchacha.

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