Querido Diario:

Revista Muchacha
3 min readApr 19

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La historia que te voy a contar muy pocas personas la conocen y, solo quiero desahogarme porque tener muchas cosas por dentro hace daño. Con cada línea que escribo siento que me quito un peso de encima y que me ayudas… sí, me ayudas a narrar mi propia historia.

No estaba en La Habana, mi provincia, cuando me enteré de la noticia. Me preguntarás ahora qué noticia. Tal vez, si no tuviese 17 años, trabajara, tuviese una pareja seria y quisiera, sería una grandiosa noticia. Pero no lo es. Bien sabes que solo soy una estudiante de Preuniversitario que adora salir a bailar con sus amigas. El caso es que me enteré que estaba embarazada cuando me quedaba en casa de unas primas en la Isla de la Juventud durante la semana de receso escolar.

¡Qué cantidad de sentimientos encontrados! Miedo porque no quería que mi mamá se enterara; miedo y angustia porque sabía que debía abortar; tristeza porque nunca quise que eso pasara, sin embargo, la irresponsabilidad fue de ambos, ninguno de los dos nos cuidamos como era debido. Todo eso sentía y supe que tenía que actuar rápido porque el tiempo pasaba y en cuestiones de gestación es mejor pensar con claridad, pero de manera urgente.

A la primera persona que le conté fue a Jesús, el muchacho con el que salía y bueno, la otra parte que jugó un papel en esta situación. ¡Se asustó como nadie! Tartamudeaba y me preguntó más de mil veces si lo iba a tener. ¡Jesús no pensaba! ¡Cómo íbamos a ser padres si somos dos niños! Tener un bebé sería como que una niña cuidara a otro niño.

También hay que reconocer que ambos tenemos planes: yo quiero estudiar Arquitectura y ser la mejor de clase; Jesús piensa irse con sus padres a España y estudiar canto allá. No digo que las cosas no se pudiesen hacer si llegábamos a tener un bebé, no obstante, estoy consciente que el tiempo disponible cambiaría ya que no seríamos nosotros la prioridad.

Después de hablar con Jesús pensé que lo difícil había pasado. Pero él me convenció de que era imprescindible hablar con mi mamá. Yo no quería. Me resultaba incómodo. Ella siempre me decía que me cuidase, que estuviera atenta. Conversamos, en muchísimas ocasiones, sobre el embarazo, sobre las infecciones de transmisión sexual, sobre la confianza y ahora pasa esto.

Me armé de valor y se lo dije. Cerré los ojos cuando lo hice. Esperaba que me gritase, que me castigara fuertemente y vi pasar mi adolescencia entre nosotras. En cambio, me abrazó y me señaló que siempre iba a estar a mi lado. Días después de realizarme el aborto se sentó a mi lado y me regañó un poco, en tono bajo y tocándome el pelo; esas palabras dulces se clavaron en mi pecho.

Hoy entiendo la importancia de recibir información sobre sexualidad, la necesidad de conversar con personas de confianza y de saber nuestros derechos sexuales y reproductivos. Además, comprendo mejor la frase “todo a su tiempo”, este, verdaderamente, no era mi momento para ser madre; cuando las condiciones las tenga más o menos creadas y sienta deseos y posea la responsabilidad y madurez suficiente, entonces, pensaré en planificar la llegada de un bebé.

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